Vuela libre como una mariposa después de separarse “amistosamente” de su primer marido, Thomas Mottola, presidente de la poderosa multinacional del disco Sony Music, que la lanzó a la fama. No contenta con ser la mujer que más discos ha vendido en esta década, Mariah Carey ha lanzado dos álbumes con muy pocos meses de diferencia. Butterfly, su trabajo más íntimo, y Ones, su primer recopilatorio.
Rodeada por una nube de colaboradores (peluquero, maquilladora, secretaria, mánager, agente de prensahellip;), Mariah se ha convertido, a los 28 años, en una de las estrellas más inalcanzables de la galaxia musical. “Prefiero no pensar si soy o no la mejor del mundo. Eso arruinaría mi creatividad,” contesta la artista estadounidense cada vez que le preguntan sobre la destacada posición que ocupa como cantante de pop, rhythm&blues y soul.
Su poderío vocal, unido al márketing, la han convertido en una cantante que está batiendo récords. Sorprendentemente, el número de copias vendidas de sus ocho discos (Mariah Carey, Emotions, MTV Unplugged, Music Box, Merry Christmas, Daydream, Butterfly y Ones) no va ligado a las escasas giras que ha realizado.
El público la conoce por sus discos, esas grabaciones impecables en las que ha contado con el apoyo de los productores más brillantes. Muy pocos, sin embargo, la han visto actuar en directo, aunque siempre se puede recurrir a esa grabación unplugged que realizó para el canal MTV en 1992. La artista neoyorquina reconoce que actuar encima de un escenario es su punto débil. La diva — como le gusta que la llamen — ha realizado muy pocos conciertos en directo, y a España nunca ha ido de gira. Aun así, en nuestro país ya supera el disco de diamante (un millón de copias vendidas).
La infancia de Mariah estuvo marcada por el divorcio de sus padres; él era un ingeniero aeronáutico venezolano, y ella, de origen irlandés, solista de la Ópera de Nueva York. Se separaron cuando Mariah tenía 3 años. La interprete recuerda con dolor aquella época de estrecheces, cuando se quedó bajo la custodia de su madre, Patricia Carey, de quien heredó el apellido.
El dinero que llevaba a casa cada mes no daba para grandes lujos. “Crecí sin dinero, sólo tenía a mi madre y empecé a luchar desde muy joven — afirma —. Nunca llevé una existencia acomodada antes de convertirme en cantante profesional y por eso ahora aprecio más lo que tengo. Fui realmente pobre.”
Comenzó a cantar a los 4 años, con las clases que le daba su madre. Gracias a su dedicación desarrolló una depurada técnica vocal que le permitiría alcanzan sin dificultad las siete octavas, con un timbre brillante y claro que le abriría las puertas del éxito.
En casa, estaba siempre rodeada por músicos y por las melodías del tocadiscos, con piezas de Billie Holidaym Gladys Knight, Stevie Wonder y Sarah Vaughan. Nunca se planteó dedicarse a otra cosa que no fuera cantar. “Era lo más natural para mí, tenía facilidad y era demasiado vaga para pensar en buscar otra profesión,” confiesa.
Pero no quería limitarse a ser sólo un instrumento vocal. Decidió transformar sus sentimientos en canciones, y se puso a componer. “A los 15 años ya estaba lista para sacar un disco,” explica.
A esa edad, vendía posters y camisetas para ganarse un dinerillo. Más tarde, compaginó su dedicación a la música con trabajos de camarera, a la espera de su oportunidad en la industria musical.
Su primer paso profesional lo dio haciendo coros para Brenda K. Pronto se ganó la confianza de la solista, que un día la invitó a asistir a la fiesta inaugural del nuevo sello discográfico WTG. Aquella misma noche, conoció a Thomas Mottola, presidente de Sony Music, un magnate que la revista Entertainment Weekly sitúa este año en el 25º puesto de la lista de las personas más poderosas del mundo del espectáculo.
El ejecutivo quedó impresionado por aquella chica de 18 años, esbelta (a pesar de sus 1,60 metros de estatura) y de larga melena de color castaño claro. No llevaba zapatos de cristal como la Cenicienta del cuento, pero deslizó una cinta con sus canciones en la chaqueta de Mottola, que acabaría convirtiéndose en su príncipe azul y se casaría con ella. Mottola se percató del potencial de la chica y se puso manos a la obra para convertirla en la reina del pop.
El mandamás de Sony la rodeó de los mejores productores de la casa para trabajar en lo que sería el disco del año en 1990, Mariah Carey. Su primer disco, que grabó con 19 años, revolucionó las listas del Billboard al entrar en ellas con cuatro singles: “Vision of love,” “Love takes time,” “Someday” y “I don't wanna cry.” Hasta la fecha se han vendido 12 millones de copias de aquel primer trabajo.
Su fama iba en aumento y su voz cotizaba muy alto, pero Carey estaba tan entusiasmada con la idea de grabar sus canciones, que no se percató de la popularidad que iba adquiriendo. “Cuando acabé el primer disco, seguí trabajando en nuevas canciones para el segundo. Pasaba más horas en el estudio que fuera. Mi trabajo era mi gran pasión. Me convertí en un fenómeno sin darme cuenta,” asegura la cantante.
Desde el principio la compararon con Whitney Houston. No es extraño que su primer disco sonara parecido a los de Whitney, pues fue producido por Narada Michael Walden, el mismo mago que creó el sonido de la protagonista de El guardaespaldas.
Decían que era una blanca con voz negra. Mariah no quiso crear ninguna polémica con su rival. “Whitney es una gran artista, con una gran voz, pero no escribe sus temas. Y reconozco que usamos la voz de manera muy parecida,” dijo Mariah tras obtener su primer disco de platino en EEUU por Mariah Carey.
Ante las continuas acusaciones, Mariah defendió el sonido negro de su voz aludiendo a sus genes, pues es una clara representante del melting pot de Nueva York. “No creo que la etnia a la que se pertenece tenga nada que ver con el sonido de la voz. En cualquier caso, mi padre es negro venezolano, y mi madre, irlandesa. Entonces, ¿en qué me convierte eso?,” declaró para sentenciar de una vez por todas la supuesta crisis de identidad de la que hablaba la prensa.
El tiempo y los sucesivos encuentros entre ambas estrellas en las ceremonias de entrega de premios y diversos eventos sociales han limado las posibles diferencias que existieron entre ambas. Si alguna vez se declaró la guerra entre ellas, recientemente firmaron la paz entonando a dúo “When you believe,” canción central de la película de dibujos animados El príncipe de Egipto, de la factoría Spielberg.
A los 20 años, Mariah Carey consiguió el primer galardón de su vida. El 20 de febrero de 1991, recogió su primer Grammy, como mejor artista novel. Con una imagen más natural y menos estilizada que la actual, la cantante revelación acudió al Radio City Music Hall de Nueva York para aceptar el reconocimiento de la industria. Al año siguiente, los fans la distinguieron como la artista favorita de soul y de rhythm&blues, por Emotions, su segundo disco. Trabajadora imparable, en 1993 consolidó su carrera con Music box. al que pertenecen “Dreamlover,” “Hero” y “Without you.” Con él logró un nuevo récord al vender 24 millones de copias.
En el aspecto personal, 1993 también fue un año clave en su vida. El 5 de junio se casó con Thomas Mottola. Ella tenía 22 años y él le doblaba la edad. La ceremonia se celebró en la iglesia episcopal de Saint Thomas, en Manhattan. La cantante llegó al altar luciendo un vestido de corte romántico y tradicional. Muchos famosos y destacadas estrellas de la música, como Bruce Springsteen, Barbra Streisand, Billy Joel y Michael Bolton, acudieron al enlace.
Aquéllos eran días de vino y rosas para Mariah, que ya era rica y famosa, pero quería más. “No es momento para tener hijos — decía en aquella época —. Mi carrera está primero.”
Sufrió su primer revés profesional dos años más tarde, durante la ceremonia de los Grammy de 1996. Aquella vez era candidata en seis categorías por Daydream, disco que incluye la canción “One sweet day,” hecha con Boyz II Men. Contra todo pronóstico, la academia de la música, que hasta entonces mostró muy buen feeling con los discos de tono romántico de Carey, decidió aupar a otro estilo de cantante, representado por la joven canadiense Alanis Morissette, de 21 años.
El único consuelo que le quedó a Mariah esa noche fue no ser la única derrotada. Joan Osborne, que tenía cinco nominaciones, también volvió a casa con las manos vacías.
Considerada como una cantante políticamente correcta (sus letras no dicen más de lo debido, ni demasiado tórridas y nada críticas con el sistema), Carey intenta transmitir mensajes positivos en sus canciones, aunque en su vida no todo es de color de rosa.
En 1994, justo antes de Navidad, tuvo que afrontar una tragedia familiar. Su hermana Alison, seropositiva, exprostituta y drogadicta bajo tratamiento, presentó una denuncia contra su madre acusándola del secuestro de su hijo de 7 años. Mariah tuvo que mediar en el delicado asunto entre ambas partes.
Otro feo asunto familiar que requirió abogados estuvo motivado por su padrastro, Joseph Vian. El hombre exigía una compensación económica por haber provocado la ruptura de su matrimonio y reclamaba parte de sus ingresos por haberla ayudado cuando Mariah era una desconocida, pagando su coche, su apartamento y su dentista. Aquello sucedió hace seis años y la cantante parece no querer acordarse del enojoso episodio.
Las canciones de su penúltima creación, Butterfly, son las más íntimas de su carrera. La dolorosa separación de su marido sobrevuela muchas de las piezas que ha compuesto para este disco. “Butterfly es el resultado de las cosas que me han pasado, un trabajo enormemente íntimo y personal, como un diario abierto. Los artistas somos como esponjas o absorbemos todo, lo bueno y lo malo, y eso se refleja en el disco,” asegura la cantante, que ha utilizado su trabajo como refugio en el último año, uno de los más duros que recuerda.
“En la música he encontrado una fuente de paz y de estabilidad que me ha ayudado a superar todos los obstáculos. Todo aquello que no mata, permite crecer; te hace más fuerte y más segura,” dijo en la presentación del disco.
No contenta con los proyectos de su propio sello discográfico, Carey estudia diversas propuestas cinematográficas. Es una trabajadora compulsiva, aunque lo disimula bien: “A veces envidio a quienes se dedican a una sola cosa.”
Como muchos famosos, revela que otro de sus anhelos imposibles es “poder ser uno más y pasar inadvertida entre la gente,” un peaje insalvable para la voz femenina más seductora de los 90. Pudo comprobarlo en España, adonde viajó este verano para grabar un videoclip en el Museo Guggenheim de Bilbao. Días después de la filmación, cayó presa de teleobjetivo de los paparazzi cuando se relajaba en aguas de Ibiza, con un bikini que no la favorecía demasiado.
Aparentemente, lo tiene todo para ser feliz. Pero ni fama, belleza y dinero evitan que a veces se sienta insegura y dude sobre su futuro: “Mi vida y mi carera están en una encrucijada.”